Cada semana nos enteramos de un nuevo proyecto (inmobiliario, turístico, de infraestructura o energético) esperando una respuesta positiva a su Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) ante SEMARNAT, o que ya la obtuvo y ahora busca los trámites complementarios para poner la inversión privada sobre el territorio.
Quienes seguimos la Gaceta Ambiental, analizamos un expediente tras otro, nos sumamos con un mensaje en redes, un «like», una firma o una manifestación, nos preguntamos si será el último.
No lo es: en La Paz, ahora mismo, hay varias defensas abiertas al mismo tiempo, y la mayoría no se conocen entre sí.
Una vecina que revisa una MIA en Olas Altas, al sur de la ciudad, no sabe que, a unos kilómetros, alguien más está analizando lo mismo de cara a otro proyecto del frente costero.
Quien defiende un arroyo de convertirse en banco de materiales no sabe que quien defiende un predio para que no deje de ser de la comunidad, o un cerro en la ciudad, está dando la misma pelea con otro nombre. Cada defensa cree que pelea sola, y peleando sola, cada una está en desventaja.
Es la organización ciudadana para que el territorio donde viven no se convierta en zona de sacrificio. Está la defensa vecinal frente al despojo de barrios originarios, de ejidatarios y rancheros que renuncian al arraigo para dar paso a torres de departamentos de corta estancia o residencias de lujo para quien paga en dólares.
Están los de gran escala, como Distrito Malecón y Balaena Costa, sobre la franja costera, donde los cerros y el aire del Coromuel dejan de ser de la comunidad para volverse de unos cuantos, pese a las anotaciones y sanciones ambientales.
Está la defensa del Cerro de la Calavera, una de las superficies que todavía deja al agua hacer su trabajo y donde la comunidad paceña aún se reconoce. Está la organización vecinal por los manglares del Conchalito y del Zacatal, frente a Chametla-El Centenario y el Comitán, donde el agua dulce todavía se encuentra con el mar.
Y está, transversal a casi todas, la defensa de los arroyos que la ciudad sigue rellenando o convirtiendo en calles y bancos de materiales, como si no estuvieran ahí.
Y aunque esta columna habla de la ciudad, el mismo modelo se extiende más allá de ella: a las playas de uso popular, a la sierra, a los megaproyectos de energía, agua y movilidad que se venden bajo la promesa de “progreso”, pero que terminan por servir únicamente a los que obtendrán utilidades del territorio.
Una lucha en común
Vistos por separado, son disputas locales, fáciles de descalificar como «vecinas que se oponen a todo». Vistos juntos, otra cosa; el mismo error repetido sobre territorios distintos.
Porque el común denominador ya lo hemos nombrado en esta página, y vale la pena repetirlo: en todos estos casos, el desarrollo avanza sobre aquello que regula el agua y el suelo del lugar: la costa que amortigua, el manglar que filtra, el arroyo que conduce, el cerro que recarga; sin preguntarle a ese territorio qué puede hacer y qué no.
Lo que cambia es el escenario, lo que se repite es la lógica.
Y mientras cada defensa pelee sola, esa lógica lleva las de ganar: son demasiados frentes, demasiado desiguales, demasiado fáciles de tratar uno por uno como si no tuvieran nada que ver entre sí. La fuerza de quien construye sin preguntar está, precisamente, en que cada caso se mire aislado.
Pero algo está cambiando, y es la razón de esta columna. Quienes hasta hace poco peleaban cada quien desde su frente han empezado a sentarse en la misma mesa, a reconocer que la vecina de la costa, el ranchero de la sierra y quien defiende un arroyo en la periferia no están en peleas distintas: están en la misma, repartida.
Todavía sin nombre, sin boletín, sin gran anuncio, pero juntándose, y cuando las defensas se reconocen, dejan de reaccionar caso por caso y empiezan a apuntar a lo que de verdad las produce a todas: la regla que permite construir sin preguntarle al suelo.
Porque todavía hay qué defender: el cerro que aún recarga, el arroyo que aún conduce, el manglar que todavía está vivo frente al mar. No partimos de cero; partimos de lo que la ciudad no ha terminado de perder.
Esta ciudad lleva años defendiéndose por pedazos. La pregunta que empieza a hacerse, por fin, es otra: ¿y si la defendiéramos completa?
Si te reconoces en alguna de estas defensas o si simplemente te preocupa cómo crece La Paz, esta conversación también es tuya.