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Diez semillas para que La Paz no pierda su calidad de vida

Cuatro escenarios diferentes en los que paceños y paceñas se reunieron para compartir el conocimiento sobre su territorio y proponer nuevas formas de protegerlo dieron como resultado 10 propuestas para que La Paz se desarrolle de forma sostenible y sin darle la espalda a la naturaleza.

El Museo MaTi, centro histórico, un sábado de junio; una urbanista explica la madeja de trámites que dan lugar a la urbanización del territorio. A su lado escuchan una funcionaria del IMPLAN, una activista del frente costero y un estudiante de ingeniería que nunca habían estado en la misma sala con las mismas preguntas.

Un manantial en las faldas de la Sierra El Novillo, San Pedro. Un ranchero señala el punto exacto donde el agua emerge de la roca. Lleva décadas leyendo ese flujo. Sabe que si el suelo que lo alimenta se urbaniza, el manantial desaparece. No necesita un dictamen para saberlo, pero ahora hay una hidrogeóloga que puede respaldarlo con datos.

El patio de Italia Dalí, vecina de Calafia, un agosto caluroso. Plantas, mapas extendidos sobre una mesa, voces que nombran lo que falta: agua que no llega, banquetas que no existen, predios que el plan urbano dice que son áreas verdes pero que nadie ha defendido nunca.

Un predio entre las calles Calafia y Mejibó, Cola de Ballena, un septiembre. Vecinas sembrando árboles en un terreno que alguien quería urbanizar. El plan de desarrollo urbano lo reconoce como zona deportiva y área verde. Ellas lo sabían porque lo habían leído. Los árboles los plantaron ahí como argumento.

Cuatro lugares, cuatro escalas y un mismo proceso de escucha que, al final del año, produjo diez propuestas, no llegaron de un escritorio ni de una consultoría, lo hicieron desde allí.

La Paz crece, pero de una forma que expulsa a su gente hacia periferias sin servicios, que convierte el frente costero en territorio exclusivo para quien puede pagar en dólares, que urbaniza sobre los suelos que todavía absorben agua y los corredores que todavía conectan sierra con manglar. Cambiar eso no requiere detener el crecimiento. Requiere cambiar las reglas con las que crece.

Eso es exactamente lo que proponen estas diez semillas:

  1. Transitar de la infraestructura gris, concreto, asfalto, canales que aceleran el escurrimiento, hacia una ingeniería verde y regenerativa que trabaje con el agua en lugar de expulsarla. Jardines de lluvia, cunetas con vegetación, suelos permeables, camellones choyeros: soluciones que ya existen, que funcionan en climas áridos y que hoy no están en los catálogos de obra pública municipal.
  2. Garantizar que ninguna licencia de construcción, lotificación o fraccionamiento se otorgue sin antes verificar que hay agua disponible y movilidad adecuada. Hoy eso no es obligatorio. Las colonias de la periferia son la evidencia de lo que pasa cuando no lo es.
  3. Reconocer el suelo rural dentro del municipio, los ranchos, los ejidos, las zonas de producción como las de San Pedro, Chametla y El Centenario, como infraestructura de vida, no como tierra de reserva para futura urbanización. El agua que sostiene el valle de La Paz depende, en parte, de que ese suelo siga absorbiendo lluvia.
  4. Desarrollar un proyecto piloto de infraestructura verde e hidrogeología urbana que demuestre, con datos reales del territorio de La Paz, qué funciona y qué no. Porque antes de escalar hay que aprender, y aprender aquí, no importar soluciones diseñadas para otros climas y otras geologías.
  5. Integrar la infraestructura verde y azul como herramienta de contención urbana, no solo como elemento estético o ambiental, sino como límite ecológico real que defina hasta dónde puede crecer la ciudad sin destruir lo que la sostiene.
  6. Evaluar el Plan de Desarrollo Urbano de Centro de Población vigente, el PDUCP, que data de 2018, incorporando criterios hidrogeológicos reales, y emitir planes parciales para los territorios donde el conflicto entre urbanización y ecosistema es más agudo. Los cinco territorios recorridos en 2025 son un buen lugar para empezar.
  7. Restaurar los arroyos como infraestructura de resiliencia. No encauzarlos, no entubarlos, no convertirlos en calles. Restaurarlos, devolverles su función de corredores de absorción, drenaje natural y conectividad ecológica, integrándolos a la obra pública en lugar de borrarlos de ella.
  8. Proteger los barrios tradicionales, El Esterito, el Centro histórico, El Calandrio, El Manglito, con instrumentos específicos que reconozcan su valor ecosistémico, cultural y social. No como museos, como barrios vivos con derecho a permanecer.
  9. Construir una gobernanza justa del agua superficial y subterránea: fortalecer la Mesa del Agua, hacer pública la información sobre extracciones y concesiones, crear mecanismos de monitoreo ciudadano. Que quien vive en La Paz pueda saber quién extrae el agua, cuánta, y para qué.
  10. Activar una pedagogía pública del territorio, una estrategia de comunicación que traduzca lo que la ciencia sabe sobre el agua y el suelo en lenguaje que una vecina de Calafia y un funcionario de SEPUIMM puedan leer con la misma claridad. Porque ninguna transformación urbana es posible sin que la ciudad se entienda a sí misma como territorio vivo.

Estas diez semillas no son un manifiesto ni un programa electoral, son el resultado de un año de escucha, en patios, en ranchos, en predios desmontados, en museos, destilado en propuestas que tienen nombre, territorio y comunidad que las respalda.

El proceso que las produjo sigue y en 2026, algunas ya están germinando: en Cola de Ballena, en Chametla, en las mesas donde la academia, la autoridad y la comunidad empiezan a hablar el mismo idioma.

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