Cuando llueve en La Paz, el agua debería poder hacer dos cosas: por un lado bajar: filtrarse despacio entre la roca y el suelo, viajar semanas, décadas, siglos, a través de las capas del subsuelo, sostener la vegetación del camino, alimentar los manantiales del valle, llegar al manglar desde adentro; por otro lado, correr por los arroyos que descienden de la sierra, por los cauces naturales del valle, hasta encontrar los esteros y la bahía.
Son dos viajes distintos, en tiempos distintos, cumpliendo funciones distintas, y los dos están siendo interrumpidos al mismo tiempo.
La superficie
Párate en cualquier cerro del poniente de La Paz y mira hacia abajo. Lo que ves no es una ciudad que creció junto al agua, es una ciudad que creció encima de ella. Los arroyos que bajaban de la sierra no desaparecieron: los transformamos.
Algunos se convirtieron en canales de concreto que aceleran el escurrimiento sin dejar que el agua toque el suelo, otros simplemente se volvieron calles, el cauce es ahora el asfalto. Otros los desvió un fraccionamiento hacia otro lado, o los tapó una barda; no hay una sola forma en que la ciudad interrumpe el viaje del agua; hay cientos, y cada colonia tiene la suya.
Las huertas que sostenían pozos y molinos de viento en cada manzana del centro histórico desaparecieron hace décadas. Los esteros, donde el agua dulce se encontraba con el mar, están cubiertos por desarrollos que avanzan sobre el manglar.
La sierra todavía recibe lluvia, pero cada año hay menos suelo capaz de absorberla y cuando llueve fuerte (en 2025 llovió más que en mucho tiempo) el agua que no puede bajar corre por la superficie, satura el drenaje que nunca fue diseñado para recibir lluvia, se mezcla con aguas negras, arrastra basura y aceites, desborda calles que nadie diseñó para recibirla, y llega a la bahía cargada de todo lo que la ciudad no supo filtrar. Lo que debería ser recarga se convierte en contaminación; lo que debería ser lento se vuelve torrente.
Nadie se salva, en las colonias de la periferia, Cola de Ballena-Calafia, Márquez de León, Rinconada Lázaro Cárdenas, hay semanas sin servicio. En las de la zona centro, los tandeos fallan, los tambos se vacían. Mientras tanto, en el frente costero, los nuevos desarrollos tienen agua garantizada. La misma ciudad, el mismo sistema, repartido de forma completamente distinta según a quién le toca vivir dónde; eso duele y no es accidente.
El subsuelo
La Paz no tiene escasez de agua, tiene una crisis de cómo la tratamos. La hidrogeología moderna entiende el agua subterránea de una forma que rompe con la imagen popular: no es un cenote o un lago escondido debajo de la tierra esperando a que lo extraigamos. El agua se mueve, viaja a través de fracturas y poros en la roca, en sistemas de flujo que conectan las partes altas con las bajas, la sierra con el valle, las zonas de recarga con los puntos de descarga, un manantial, un humedal, el fondo de la bahía; ese movimiento ocurre en tiempos que no se miden en días sino en décadas y siglos.
Lo que sí ha cambiado, y rápido, es la superficie que recibe la lluvia. Cada hectárea de suelo que se impermeabiliza con concreto o asfalto es una hectárea que ya no puede participar en ese ciclo y la mancha urbana de La Paz ha crecido más rápido que su población: se extiende sobre los cerros del poniente, sobre el valle agrícola del norte, sobre los márgenes donde el suelo vivo todavía podía hacer su trabajo.
Las decisiones que permiten ese crecimiento rara vez hacen la pregunta más básica: ¿qué le pasa al agua cuando construimos aquí? No porque el problema sea desconocido, el Programa de Desarrollo Urbano de Centro de Población vigente (PDUCP, 2018) lo reconoce, existen instrumentos de ordenamiento ecológico, atlas de riesgos, dictámenes de impacto ambiental. El diagnóstico está hecho, en papel, desde hace años, lo que no existe es la conexión entre ellos y con los presupuestos.

Los instrumentos no se hablan entre sí, las lotificaciones y licencias de construcción se aprueban sin considerar lo que los propios planes señalaron. Los dictámenes ambientales llegan positivos con medidas de mitigación insuficientes y cuando un fraccionamiento se asienta sobre una zona que el atlas de riesgos marcaba en rojo, o sobre un corredor que el ordenamiento ecológico pedía proteger, no hay mecanismo que lo detenga.
El problema no es la falta de información, es que la información no tiene consecuencias. Y mientras los instrumentos no se hablan, la ciudad crece en la dirección más costosa para el territorio. El déficit de vivienda es real, hay familias que necesitan un lugar donde vivir, pero las soluciones están llegando sobre suelos de alto valor ecosistémico en el sur de la ciudad, sobre zonas de recarga, sobre corredores biológicos; mientras las zonas centrales especulan. La vivienda que ya existe se reconvierte para el turismo o se oferta en dólares para quien puede pagarla, el resultado es una ciudad que expulsa a su gente hacia la periferia ecológicamente frágil, y llama a eso crecimiento.
Hay que hablar con honestidad sobre algo más: tampoco sabemos con precisión cuánto estamos perdiendo. Medir si el agua realmente se está infiltrando hacia los sistemas de flujo profundo, o si solo está siendo retenida en la superficie, es uno de los retos más difíciles de la hidrología urbana.
Las soluciones de infraestructura verde y azul, los jardines de lluvia, los oasis urbanos, los «camellones choyeros», las cunetas con vegetación, los suelos permeables, pueden hacer cosas valiosas y medibles: retener escorrentía, enfriar superficies, sostener vegetación local, reducir inundaciones. Pero si recargan o no los flujos subterráneos que sostienen la vida del valle depende de la geología específica de cada lugar, y eso todavía no lo sabemos bien en La Paz.
Esa incertidumbre no es una razón para no actuar, es una razón para tener más cuidado: si no podemos medir bien lo que se pierde cuando impermeabilizamos, entonces lo más sensato es no impermeabilizar donde todavía hay suelo vivo.
El horizonte
El viaje del agua no está roto del todo, todavía hay sierra, todavía hay manglar, todavía hay suelo vivo en los cerros del poniente, en el valle del norte, en los ejidos que resisten la presión inmobiliaria; en los márgenes que la ciudad todavía no ha cubierto.
Hay personas que llevan años aprendiendo a leer ese territorio, y comunidades que ya empezaron a defenderlo. En Cola de Ballena-Calafia, la comunidad reforestó un predio que el PDUCP reconocía como área verde y que alguien quería urbanizar, y ahora trabajan de la mano de la autoridad en el diseño de un parque sensible al agua.
En Chametla, la pausa en una obra vial abrió la conversación sobre cómo diseñar infraestructura que no interrumpa los flujos de agua hacia el manglar que todavía está vivo frente a la carretera. En el Cerro de La Calavera comienza a gestarse una propuesta colectiva y comunitaria para protegerlo como parque urbano. En el Esterito y el Centro histórico, la memoria de los molinos de viento y las huertas de una hectárea, aquel modelo donde cada lote tenía un pozo y árboles, empieza a leerse no como nostalgia sino como hipótesis ¿y si la ciudad volviera a diseñarse con el agua, en lugar de encima de ella?
Esa pregunta tiene una respuesta posible, aunque no sencilla ni rápida. En treinta años, el 30% del territorio urbano de La Paz podría estar regenerado: calles que retienen en vez de expulsar, parques que manejan la lluvia, suelos que enfríen el aire y le devuelvan al agua la posibilidad de bajar.
Y el 30% del territorio estratégico, las zonas donde el suelo todavía absorbe, los corredores biológicos que conectan sierra y costa, los humedales que reciben la descarga, podría estar protegido de la urbanización de forma permanente.
No como límite al crecimiento, sino como condición para que el crecimiento tenga futuro. Eso no lo va a hacer una sola iniciativa ni un solo gobierno, lo va a hacer un proceso largo, con mucha incertidumbre científica todavía por resolver, y con muchas voces. Empieza por algo aparentemente simple: aprender a ver el agua donde todavía está, y tomarse en serio lo que se pierde cuando la ignoramos.